Los árboles también sufren de estrés. Tras un estudio, esta es la conclusión a la que han llegado los investigadores del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). 

Para la investigación, se han analizado muestras de árboles vivos y muertos en dos bosques de encina situados en el centro de España. Con ellos, han examinado los patrones de mortalidad y la estrategia de supervivencia funcional de las encinas de estos bosques que sufrieron una alta mortalidad derivada de la mayor sequía de los últimos 100 años. 

Estrategias funcionales con diferentes resultados 

Tras analizar todas las muestras, los investigadores llegaron a la conclusión de que la diferencia entre los árboles muertos y supervivientes residía en que no siguieron las mismas estrategias funcionales de respuesta al estrés en relación con el nicho abiótico en el que se encontraban. 

Los árboles que murieron habían desarrollado sistemas vasculares más eficientes, con mayor densidad y tamaño de vasos que los árboles supervivientes. Pese a ello, mostraron un estado nutricional deteriorado. 

Otro indicador sugiere que los árboles muertos mantuvieron de forma sistemática una regulación estomática más estricta y se vieron obligados a depender de agua más profunda, al contrario que los árboles supervivientes, que pudieron beneficiarse de suelos con mayor retención de agua. 

Con todo ello, se concluye que los árboles muertos estuvieron sometidos a un nicho más estresante. Pese a contar con una estrategia más eficaz a largo plazo, no pudieron hacer frente a una sequía sin precedentes porque vivían en condiciones de menor disponibilidad de agua. 

El estudio, además, tiene implicaciones para la gestión de bosques bajo condiciones de cambio global ya que la microtopografía proporciona refugios o posibilidades para que diferentes especies puedan sobrevivir de forma diferencial a las condiciones de cambio climático que se esperan. 

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