A lo largo de la historia, humanos y otros seres vivos se han adaptado a situaciones climáticas extremas para conseguir agua u otros recursos necesarios para sobrevivir. En ocasiones, algunos de estos métodos conllevaban el desplazamiento de cientos de kilómetros en busca de un bien tan necesario para la vida como es el agua. Sin embargo, ¿qué sucede cuando no existe la posibilidad de movimiento? 

Esta es la pregunta que muchos investigadores se han hecho en cuanto a la capacidad de supervivencia de los árboles ante situaciones extremas como sequías, inundaciones o plagas. Los árboles, a diferencia de otros seres vivos, están “condenados” a permanecer en el mismo lugar durante décadas o incluso siglos. 

Por ello, tras años de análisis, un estudio realizado por investigadores del Instituto Federal Suizo de Investigación Forestal, de la Nieve y del Paisaje, arroja que los árboles recuerdan las condiciones pasadas de agua, un fenómeno de memoria ecológica, capacidad con la que estos seres vivos desarrollan mecanismos para recordar situaciones ambientales favorables o desfavorables, y adaptarse así a condiciones que no son tan habituales para ellos. 

¿Qué es la memoria ecológica? 

La vida puede ser un capítulo de aprendizajes constantes. No importa la edad, cada momento vital arroja nuevas enseñanzas que se aplican al día a día de personas. Quizás, esto sea más notable durante la niñez. Si un niño se quema al tocar la plancha caliente que está usando su padre o su madre, sabrá que no debe volver a hacerlo si no quiere volver a hacerse daño en la mano. 

Pues algo simular sucede en el caso del resto de seres vivos, y los árboles no son una excepción. A diferencia de las personas, los árboles no cuentan con el complejo sistema nervioso que configura la memoria humana. Sin embargo, sí tienen sistemas propios para retener información de estímulos pasados y saber cómo responder a ellos en el futuro. Aunque son distintos al de los animales, el objetivo sigue siendo el mismo: aprender a adaptarse a los cambios

De hecho, esta es la conclusión a la que llegaron investigadores de la Universidad de Oviedo, cuando en 2020 analizaron un área poblada de pinos. En su investigación, observaron que éstos podían adaptarse a condiciones de sequía tras haber experimentado esas mismas condiciones en el pasado. Esta habilidad, llamada memoria ecológica, se construye a través de procesos históricos como las variaciones en el clima o los movimientos de las placas tectónicas. Toda esta actividad deja huella en los ecosistemas que hace que adquieran determinadas características. Estos procesos históricos, sumados a los procesos de erosión o el uso del terreno por parte de la actividad humana, generan los “archivos” en los que se va almacenando la memoria ecológica. A estas configuraciones históricas de los ecosistemas se las denomina referentes históricos

Pero la acción humana también tiene un efecto negativo sobre esta memoria. La degradación de los ecosistemas, como la construcción de un inmueble o la creación de una explotación minera, las cuales conlleva una modificación significativa del terreno, eliminan, también, trazas de esta memoria almacenada por los árboles de la zona afecta. 

La memoria ecología, una estrategia de supervivencia para los árboles.

El experimento Pfynwald 

Retomando la investigación realizada por el Instituto Federal Suizo de Investigación Forestal, de la Nieve y del Paisaje -llamada experimento Pfynwald- ésta arrancó en 2003 tras observar en la década de los 90 que los árboles del Valle del Ródano, en los Alpes suizos, mostraban síntomas de declive. Durante la investigación, regaron un bosque maduro durante varios años para simular condiciones de humedad y observaron la respuesta que dieron los árboles. 

Los que estaban en las parcelas regadas mostraron mayor crecimiento y desarrollo y una mayor resistencia a la sequía, en comparación a las nos regadas. Sin embargo, en 2013, el equipo decidió interrumpir el riego de algunas parcelas para ver cómo se adaptarían a condiciones de sequía. Los resultados fueron sorprendentes. 

Los árboles que previamente habían sido regados mostraron un mayor estrés hídrico al no saber cómo reaccionar ante la acción del clima extremo. Su crecimiento disminuyó considerablemente, mientras que los que no recibieron riego en ningún momento del experimento, mostraron una mayor resistencia frente a la escasez de agua. 

Tras varias observaciones, los expertos detectaron que las hojas de los árboles que había sigo regados contaban con células más grandes, adaptadas a recoger más agua en condiciones húmedas. Sin embargo, los que no había recibido riego, presentaban células más pequeñas y eficientes para conservar el agua, lo que las hacía más resistentes frente a condiciones de sequía

Una carrera contrarreloj contra el cambio climático 

Esta habilidad se puede traducir al resto de especies de árboles. Como cualquier ser vivo, cuando se detecta un cambio, el árbol busca la manera de adaptarse y combatir esa amenaza. Si el estrés es bajo, esta reacción suele ser suficiente, pero si es más intenso, se activa una maquinaria molecular con respuestas más avanzadas. 

La respuesta se basa en activar genes que estaban dormidos y en modificar la forma en que estos genes se traducen en proteínas mediante un mecanismo conocido como splicing alternativo. De ese modo, las células de los árboles adaptan el funcionamiento de los genes para que respondan de una manera determinada en unas condiciones concretas u otras. 

Cuando un árbol vive en condiciones de sequía o con menor exposición a las precipitaciones, esta experiencia se guarda en sus genes alternativos, lo que les permite responder y adaptarse a esas mismas condiciones en el futuro. 

Además, otra de las conclusiones de la investigación es que los bosques jóvenes tienen mayor capacidad de adaptación al cambio frente a los viejos. Los jóvenes no tienen la memoria hídrica tan desarrollada, por lo que pueden adaptarse rápidamente a las condiciones de sequía. Los bosques que tienen más años tienen mayores dificultades a la hora de realizar esta adaptación, por lo que en la actualidad son las áreas más expuestas frente a la amenaza del cambio climático. 

De todos modos, la velocidad a la que avanzan los efectos del cambio climático es más veloz que la capacidad de los árboles para adaptarse a estas nuevas condiciones. De hecho, según los expertos, estamos cerca de un punto de no retorno, por lo que es importante continuar aplicando medidas de contención contra el cambio climático para evitar que muchas especies puedan desaparecer con el aumento o descenso significativo de las temperaturas. 

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