En los últimos años, se ha convertido en algo habitual pasear o circular por las calles de las ciudades de todo el mundo y ver edificios o estructuras cubiertas por una densa y verde vegetación. Son los llamados jardines verticales, obras arquitectónicas muy complejas donde las plantas son las protagonistas. Además de la parte puramente estética, estas estructuras tienen múltiples beneficios, no solo para la edificación, sino también para la salud de las personas. 

En esta entrevista, Fernando Hidalgo, consultor técnico y responsable de desarrollo de negocio de Terapia Urbana, empresa especializada en el diseño de proyectos de jardines verticales, reflexiona sobre la evolución de estos sistemas estructurales y su impacto en el presente y futuro de la vida de las personas. 

P. ¿Cómo surgió la idea de crear Terapia Urbana? 

R. Surge entre mi socio Iván Gaviño y unos ingenieros agrónomos de la Universidad de Sevilla que estaban haciendo ensayos sobre nuevos métodos de cultivo en vertical y con la idea de poder trasladar esa innovación docente a una tecnología patentable y transferible. A final de 2008 empezamos a darle forma y en 2010 se constituye realmente la empresa. Apostamos por un modelo colaborativo, poniendo a disposición de las empresas un sistema de altas prestaciones para el diseño de fachadas ajardinadas. Terapia Urbana es la terapia que aplicamos a las ciudades mediante la naturaleza o la vegetación. 

P. ¿Cuál es el propósito central de la empresa y cómo se alinea con las necesidades sostenibles y verdes de las ciudades? 

R. Nuestro propósito es mejorar la calidad de vida de las personas en las ciudades mediante el diseño basado en fachadas ajardinadas y mejorar, también, el comportamiento de la edificación, que tiene un impacto medioambiental en cuanto a menor consumo energético, mayor ahorro para los propietarios y mejor calidad de vida para la ciudadanía. Con nuestra tecnología intentamos facilitar estos sistemas constructivos integrados en una economía verde, donde el uso de la vegetación o de la naturaleza controlada pueda hacer que el objetivo de crear una ciudad más adaptada al cambio climático y resiliente pueda plantearse con soluciones concretas.

P. Cada vez vemos más edificios o infraestructuras que incorporan jardines verticales. ¿Cómo surgieron y por qué? 

R. En el mundo hay una concienciación de desarrollo de tecnologías de jardín vertical. Quien las hace más populares es el botánico Patrick Blanc a través de su solución más artesanal. A medida que el sector empieza a desarrollarse, los sistemas empiezan a tener mayor exigencia. Esa posibilidad de incorporar la vegetación se une a una concienciación medioambiental cada vez más potente, a una mejora de la eficiencia energética y de poder hacerlo a través de un funcionamiento pasivo. La naturaleza tiene unas capacidades y propiedades que permiten poner en valor estas nuevas tecnologías. 

P. ¿Cómo contribuyen los jardines verticales a la mejora de la calidad del aire y la reducción de la huella de carbono? 

R. En Reino Unido, el paisajismo es una religión. Allí, la presencia de vegetación y el diseño paisajístico tiene una presencia en el diseño de la ciudad bastante importante. Hay evidencias científicas más concluyentes que explican la reducción de temperatura que aporta la planta a través de su mecanismo natural de evapotranspiración. Con él, la planta regula su temperatura y nunca va a estar más caliente que el aire que la rodea. Por ejemplo, una piel vegetal o ajardinada en la edificación va a ser como una piel viva que va a preservar la temperatura en zonas climáticas de temperaturas más elevadas y va a ayudar a mantener un equilibrio térmico que ayude a consumir menos energía para la climatización activa de esa edificación. También hay beneficios en cuanto al aporte de oxígeno al entorno de esa vegetación o el apoyo a la biodiversidad, que ahora es una de las pautas más importantes de la Unión Europea para promover la restauración de la naturaleza. La vegetación aporta de manera gratuita beneficios como la mejora de la inercia térmica de los edificios, la calidad del aire por la biofiltración que producen las raíces y favorece al desarrollo de un espacio donde se pueden acoger a pequeñas aves, invertebrados o polinizadores que están asociados al equilibrio de la biodiversidad y que nos enlaza a todos los seres vivos.  

P. ¿En qué consistió el proyecto de jardín de la M30? ¿Qué tipo de plantas se escogieron y por qué? 

Fue un proyecto piloto promovido por el Ayuntamiento de Madrid para tener un impacto urbano en la mejora de la calidad ambiental, sobre todo en una zona de alta contaminación y ruido. Nosotros aparecemos cuando la contrata está estudiando diferentes sistemas constructivos para llevar a cabo esa propuesta. Desarrollamos el proyecto de ejecución en detalle y haciendo una selección de especies, que ya venían muy condicionadas por el objetivo de tener un aporte de fijación de contaminantes de gases de efecto invernadero, de óxidos de nitrógeno y de contaminantes ambientales. 

Los principales retos fueron gestionar el diseño y ejecución en un plazo muy acotado, en una autovía en uso, que obligaba a medir muy bien cada paso. La selección de especies se hizo junto con estudios ya planteados que analizaron la variedad según su potencial de desintoxicación ambiental y filtración del aire. La verdad es que está funcionado muy bien. Nos sorprende la buena evolución de las plantas y lo bien que se han adaptado. 

P. ¿Qué tipo de plantas son las más adecuadas para los jardines verticales urbanos? 

R. Hay una gran variedad de especies. Si lo miramos desde un punto de vista botánico, teniendo en cuenta su impacto en la biofiltración del aire, podemos tener un abanico grande. En la jardinería urbana hay que considerar que hablamos de elementos constructivos que después serán mantenidos por empresas de jardinería o por servicios urbanos de parques y jardines que realizarán una reposición periódica que acote la selección de especies. Tiene que ser algo que esté disponible en el mercado o que no haya que ir muy lejos para conseguirla. Por eso intentamos mantener esa relación con especies autóctonas, pero con registros más amplios. El formato y calibre de esas plantas van a variar en función de la tipología de sistemas constructivos elegidos. Por ejemplo, en nuestros sistemas trabajamos con macetas de calibre 11-13, que es aproximadamente un litro de sustrato, aunque hay otros que trabajan con sistemas alveolares forestales de 4 o 5, o usan semillas para hacer una hidrosiembra. Hay bastante diversidad de opciones. 

“La ciudad del futuro la veo como un entorno urbano más conectado, con sistemas constructivos mucho más potentes y sostenibles” 

P. ¿Cuánto mantenimiento requieren estos jardines? ¿Qué tecnologías usáis para realizarlo? 

R. En jardinería vertical, el principal factor de riesgo es el riego. A diferencia de un jardín tradicional, donde la planta puede buscar con la raíz si tiene problemas de humedad, en el vertical esto puede darse también de cierta manera, pero por lo general se drenan con rapidez, por lo que toda la tecnología está orientada a optimizar el consumo de riego y a vigilar de manera automatizada para garantizar su seguridad. En el mantenimiento hay tres aspectos que hay que optimizar: la elección de un buen sistema, un diseño paisajístico adecuado con una selección de especies específicas para zonas en las que está ubicado y una gestión del mantenimiento proporcionada, ajustada a los ciclos de riegos en los cambios de estaciones, que aporte los nutrientes cuando sea necesario y que se pueda hacer esa poda o reposición cuando lo necesite. 

P. ¿Cuáles son las tendencias actuales en el diseño de ciudades sostenibles y cómo Terapia Urbana está involucrada en ellas? 

R. Hay una corriente que está de moda a nivel de diseño urbano, un planteamiento de ciudad como esponja, que sea más permeable al ciclo del agua y que se pueda enfrentar mejor a situaciones de crisis climáticas o lluvias torrenciales. En ese contexto, este tipo de zonas de ajardinamiento, no solo en las cubiertas de edificios, sino también en otras zonas verdes, facilitan este ciclo del agua y a crear corredores verdes que permiten el apoyo a la biodiversidad y dar cobijo a la fauna. Por otro lado, aprovechan las tecnologías actuales para tener ciudades inteligentes, con más información y nivel de monitorización de datos que pueden usarse para tomar decisiones. 

Desde Terapia Urbana estamos presentes en ASESCUVE (Asociación Española de Cubiertas y Fachadas Verdes), con la que intentamos hacer la transferencia desde las entidades públicas al sector empresarial y profesional para impulsar aspectos como el desarrollo de una normativa o tener más conciencia a la hora de incorporar soluciones. Desde esta misma asociación, estamos conectados con la EFB (Federación Europea de Asociaciones de Techos y Muros Verdes) y podemos recibir el feedback de lo que se está haciendo en otros países a nivel europeo. 

P. ¿Qué beneficios a largo plazo crees que traerá la integración de jardines verticales en las ciudades sostenibles? 

R. Todo está muy orientado a la recuperación del verde en las ciudades y a devolver el espacio perdido por la naturaleza debido al desarrollo urbano. A largo plazo, va a facilitar que el modelo de desarrollo urbanístico esté mucho más equilibrado con el entorno natural y que la naturaleza pueda estar más conectada con nuestro día a día, sobre todo en aquellos espacios donde no sería posible debido a la falta de suelo disponible. Algo diferencial en las fachadas verdes es que podemos poner en valor el aprovechamiento de esos planos verticales, que en las ciudades son abundantes, y que de otra manera no se podrían potenciar. 

P. ¿Cómo te imaginas las ciudades en 2050? 

R. Me imagino una ciudad mucho más inteligente, sensorizada y conectada con sistemas tecnológicos que permiten optimizar el funcionamiento de estos complejos sistemas constructivos que permiten el desarrollo de las plantas. La ciudad de 2050 la veo como un entorno urbano más conectado, tecnificado, con sistemas constructivos mucho más potentes y sostenibles, y con un enfoque principal en el análisis del ciclo de vida para poder poner en marcha cultivos con granjas verticales, que ahora mismo no están tan desarrolladas y que requieren de una tecnificación más potente. 

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