Los bosques españoles están en un punto crítico: masas forestales que nacieron bajo unas condiciones climáticas que ya no existen están muriendo por falta de agua, plagas y olas de calor cada vez más frecuentes. En esta entrevista, el ingeniero forestal Ferran Dalmau hace un análisis detallado del panorama forestal español y alerta sobre el cambio de paisaje que se avecina y reclama una gestión adaptativa que priorice la resiliencia ecosistémica sobre la simple conservación. 

P. ¿Cómo describirías el estado actual de los bosques en España frente a la sequía? 

R. La sequía es algo que no es nuevo. Es un fenómeno que recurrentemente hemos sufrido en nuestro país, pero sí que hay una intensificación en cuanto a la frecuencia como en la intensidad; especialmente en el contexto Mediterráneo. Si vemos los informes del Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, y el Inventario Forestal Nacional, se aprecia el decaimiento forestal, la pérdida de masa foliar, mortalidad de árboles en pie…. En la zona del Mediterráneo, muchas montañas tienen secciones enteras o rodales que están grises porque se han muerto de pura sequía. La gente cree que cuando llueve mucho un día, ya está el tema resuelto. La sequía va más allá de que solo llueva un día. Los árboles tienen la “mala costumbre” de beber todos los días, por lo que la sequía combinada con olas de calor extremo –considerando que vamos batiendo récords año tras año- hace que el árbol se debilite. Si esto sucede, pueden entrar plagas con mayor facilidad, algo que ayuda mucho a machacar la vegetación, y eso compromete la resiliencia de los ecosistemas forestales; su capacidad de adaptarse a las perturbaciones porque son muchas en cortos espacios de tiempo. El cambio climático en términos forestales implica un cambio de paisaje y en muchas zonas vamos a ver situaciones graves en los próximos años. Si ese combustible no se retira, se está acumulando en los montes.  

Tras los picos de sequía entre 2021 y 2023, -en 2024 y 2025 ha habido un alivio parcial- en la mayor parte de las cuencas ha habido estados de prealerta, escenarios de sequía, y en la DANA de octubre de 2024 estuvimos muy mal… Se ha arrastrado un déficit hídrico acumulado muy importante y las condiciones semiáridas en muchos sitios están pasando a ser áridas. Las plantas no están teniendo tiempo para adaptarse y luego vemos cómo esto se convierte en pasto para las llamas. 

P. ¿Qué señales indican que nuestros ecosistemas forestales están sufriendo por la falta de agua? 

R. Cuando vas por el monte y hay manchas grises, a veces ves individuos o rodales muertos. Esto es más acusado en las zonas de solana, en las zonas donde no hay suelos en condiciones. Ves pérdida prematura de las hojas, ves capas que son mucho menos densas, si son pinares ves las acículas marrones, o se ven mortalidades en ciertas zonas como Cataluña, donde entre 2012 y 2023 se calcula que un 10% de la superficie forestal ha mostrado síntomas severos de sequía. Hay un descenso del crecimiento radial y eso provoca que los barrenadores o escolítidos, en masas que ya están debilitadas, se pongan las botas.  

Una manera de monitorizarlo es utilizar índices satelitales que permiten ver la evolución de la masa y calcular la media de lo que era normal en cada época del año cogiendo series de datos de 30 o 20 años, y a partir de ahí se puede comprobar el estado píxel a píxel. Hay muchas zonas que esa defoliación prematura, ese amarilleo, esa caída de las hojas, un decaimiento general, provoca una disminución de la regeneración natural del arbolado. Todo ese combustible que no se retira puede arder. Lo que estamos viendo son masas forestales que nacieron en unas condiciones ambientales que ya no existen. Si un árbol necesita una cantidad mínima de lluvia al año y ésta deja de caer, evidentemente esa planta está condenada a morir. 

P. ¿Qué impacto tiene la sequía prolongada sobre la salud de los bosques mediterráneos? 

R. Si hablamos en términos productivos, digamos que hay una menor productividad neta. El árbol está dedicando sus fuerzas a sobrevivir y ese decaimiento puede provocar una asimilación del carbono que baja entre un 5 y un 15%, colapso hidráulico en coníferas, es decir, entra en estrés hídrico y lleva a la planta a morir. Evidentemente, mayor combustibilidad e incremento del riesgo de incendios, ya que la vegetación está mucho más disponible por ese estrés hídrico y además produce la resistencia a los insectos xilófagos, que son aquellos que comen madera, que se aprovechan de los árboles que están débiles, pero si hay una población muy grande también pueden afectar a los más fuertes y sanos. Con todo ello, los fuegos pueden alcanzar intensidades que no hemos visto hasta la actualidad. Este año hemos visto incendios de pasto que se comportaban de forma voraz. Al final la sequía prolongada reduce la capacidad de la planta, debilita su sistema radicular y hace que los árboles sean mucho más vulnerables a plagas y enfermedades, y esto incrementa la mortalidad entre las especies que están menos adaptadas a la aridez. Si el Pinus halepensis, una planta hiper resistente a condiciones de sequía, está muriendo, nos podemos imaginar el efecto. La sequía favorece la acumulación de masa seca que incrementa el riesgo de incendios que pueden llegar a ser catastróficos. 

P. ¿Qué especies están demostrando mayor vulnerabilidad y cuáles muestran cierta capacidad de adaptación? 

R. Las especies más vulnerables son aquellas que tienen requerimientos hídricos más elevados y que tienen una baja tolerancia a la sequía, como el abeto, el haya, algunos tipos de roble… Sin embargo, otras especies como el Quercus ilex, el alcornoque o el pino, teóricamente tienen mayor capacidad de adaptación gracias a sus estrategias fisiológicas y ecológicas. Con raíces más profundas y hojas más finitas, son muy eficientes en el uso del agua. El problema está en que hasta el halepensis está muriendo, es decir, plantas que se supone que tienen mayor capacidad de resistencia.  

Yo siempre gasto la broma de que si no existiera el pino habría que inventarlo. Es una planta que es muy honrada en el sentido de que, en las peores condiciones, con suelos que muchas veces son litosoles en condiciones extremas de sequía, en una solana todo lleno de piedra, el animalito sale y aguanta. Pero hasta el Pinus halepensis tiene un límite. Incluso las plantas con mayor capacidad de adaptación en muchas zonas están muriendo, pero ya ni te cuento los faginea, los nigra… Los pinos con raíces más profundas y una fenología más plástica, más flexible, están aguantando mejor, pero muchas coníferas también están sufriendo mortalidad. Es una situación en la que incluso lo que sabemos acepta matices. 

“La ciudadanía tiene que entender que entrar en terreno quemado muchas veces es un error, porque lo que están haciendo es plantar árboles que se van a morir o que no se van a gestionar” 

P. ¿Cómo se puede planificar la gestión forestal para reducir la carga de combustible y, al mismo tiempo, conservar biodiversidad? 

R. El objetivo que debemos tener claro como sociedad es entender, en primer lugar, que más del 50% de nuestro país es forestal. Sin embargo, no se le dedica, ni de lejos, el 50% de los recursos. Hay un desequilibrio territorial grave entre los euros que recibe una persona que vive en un entorno urbano o una hectárea emplazada en suelo urbano, y los euros que reciben por parte de las administraciones públicas o del sector privado una persona que vive en el mundo rural o una hectárea de suelo forestal o agroforestal. Hay un gravísimo desequilibrio territorial, urbano forestal.  

En primer lugar, se tiene que planificar una redistribución de los recursos orientada a reducir, no la carga de combustible, que es algo como muy simplificado, sino el riesgo de perder el recurso bosque. Es decir, la gestión forestal debe ir orientada a reducir la capacidad de perder ese recurso. Evidentemente, no es lo mismo una hectárea en Galicia que una hectárea en Alicante. No tiene nada que ver una hectárea igualmente, pero una tiene unos problemas y la otra tiene otros problemas. Los tratamientos selvícolas tienen que ser adaptativos, es decir, en función al objetivo de ese monte. Además, hay que empezar a explicar que no es lo mismo un bosque que una plantación forestal. Una plantación forestal es un cultivo forestal. Es como si fuera un campo de naranjas. Pues un campo de eucaliptos es un campo de producción de madera de eucalipto o de aceites esenciales de eucalipto o de corteza de eucalipto, el producto que sea… Y eso es un campo de cultivo y requiere una gestión forestal productivista de aprovechamiento. Lo que no puede ser es tener hectáreas y hectáreas de eucaliptal abandonadas. La gestión forestal debe basarse en conseguir reagrupaciones parcelarias, luchar contra el minifundismo… 

Reducir la carga de combustible es un problema muy complejo. Muchas veces se querría reducir la carga de combustible, pero las cortapisas existen desde el punto de vista de los permisos que hay que pedir. La gente desconoce que la mayor parte de la superficie forestal en España es privada. Yo no puedo entrar en casa de un señor o de una señora a cortar vegetación sin su autorización, con lo cual hace falta una especie de plan estratégico orientado a adquirir derechos de gestión sobre ese 50% del territorio, porque la mayor parte de ese territorio es privado.  

A partir de ahí, si el objetivo es, por ejemplo, incrementar el agua azul, es decir, hidrología, porque hay que entender que una cuenca hiper densificada, según datos de la Universidad Politécnica de Valencia del Departamento de Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente, puede llegar a beberse el 59% del agua de una cuenca, porque las plantas beben, y algunas beben mucho. Con lo cual, cuando tenemos una masa forestal –que no un bosque- hiper densificada, lo que hay que hacer es reducir la densidad para, por una parte, reducir el riesgo de incendio y por otra, maximizar la infiltración para incrementar esa agua que luego vamos a tener en nuestros río u cauces cuando no llueve.  

Si el objetivo es prevención de incendios, es otro panorama. Ahí hay que priorizar la reducción de la carga de combustible por debajo de diez toneladas por hectárea. A partir de diez toneladas por hectárea de materia seca vamos a tener incendios que van a superar los 10.000 kilovatios de intensidad lineal del frente, y esos son incendios que no vamos a poder apagar. Para entenderlo fácilmente, el radiador que tenemos en casa para el invierno genera 2 kilovatios de potencia. Imaginemos un metro lineal de frente que tenga 5000 radiadores. Hasta ahí lo podemos apagar. A partir de ahí, se denomina fuera de capacidad de extinción. En España ya hemos vivido, por ejemplo, el incendio del Pont de Vilomara de 2022, en Cataluña, donde en el momento álgido de desarrollaron 127.000 kilovatios por metro lineal de frente, 12,7 veces la capacidad de extinción del dispositivo.  

Evidentemente, si el objetivo es la prevención de incendios, debemos tener hectáreas en las que tengamos menos de diez toneladas por hectárea. Eso implica claras selectivas. Esto no es una corta a hecho; no es una tala. ¿Esto qué significa? Si tengo mil árboles y me sobran 500, quito 500 para tener los árboles que debo tener por hectárea en función de la especie. Evidentemente, en ciertas zonas donde queramos apagar los incendios tenemos que eliminar el matorral inflamable para romper la continuidad vertical del combustible, lo que se denomina combustible en escalera. Si el fuego va por la superficie y no tiene una escalera para subir a las copas, no subirá a las copas, con lo cual tendremos un fuego que podremos apagar.  

Después hay que revisar el fomento de las especies autóctonas. Hay gente que considera que el Pinus halepensis no es autóctono. Por poner un ejemplo, en el Mediterráneo, la polémica es que el Quercus ilex es bueno y que el Pino halepensis es malo. En Galicia, el dilema es que el bosque Atlántico es bueno y los eucaliptos malos. Y realmente el racismo forestal es exactamente igual de despreciable que el racismo humano. No es un problema de especies, sino que es un problema de estructura de la masa forestal total.  

Hay otra cuestión que relaciona el fomento de especies autóctonas para evitar incendios e incrementar la biodiversidad. Estoy totalmente de acuerdo, pero a lo mejor lo que hay que verlo con las nuevas condiciones del cambio climático. ¿Cuál va a ser la vegetación autóctona que cabe en ese rodal? Hace 50 años aquí había ya bosques de roble y llovía 800 litros por metro cuadrado y por año, pero si ahora están lloviendo 400, no van a caber los robles. Con lo cual, la gestión forestal tiene que ser adaptativa y nutrirse de los modelos de predicción del cambio climático. Hay que hacer una gestión forestal adaptativa orientada a generar una estructura forestal que sea capaz de aguantar las nuevas condiciones. Evidentemente, lo ideal sería tener paisajes en mosaico agroforestal, donde hubiera usos agrarios del sector primario como la agricultura, ganadería extensiva con tratamientos forestales, producción de madera, bienes y servicios forestales, etc… con aclareos selectivos, con fajas pegadas a los viales, tratamientos combinados con herramientas manuales y mecanizadas con ganadería extensiva y para su mantenimiento con fuego prescrito, es decir, para generar pastos. El trabajo en el monte es duro y hay herramientas para conservar la biodiversidad y para tener menos riesgo de incendios.  

Yo soy muy crítico con la palabra conservación porque es un oxímoron querer conservar algo en un entorno dinámico. Se puede hacer una gestión más o menos productivista, se puede hacer una gestión más o menos cercana a la naturaleza, se puede hacer una gestión más o menos intensa, o más o menos simulando los regímenes naturales del ecosistema, pero se tiene que hacer una gestión orientada a gestionar un ecosistema que es un sistema dinámico, no un sistema estático. La línea del litoral cambia, la línea de los ríos cambia; como vimos con la DANA de Valencia, pero queremos que sea todo como lo conocíamos antes y vivimos en un ecosistema que cambia, es cambiante, todo cambia, nada permanece.  

Para la gente que considera que no hay que dejar madera muerta. Hay zonas en las que se tiene que dejar madera muerta en puntos estratégicos como refugio para los saproxílicos. La biodiversidad también incluye toda la parte de entomología, toda la parte de insectos, etc. Pero hay que hacerlo de forma ordenada y como tenemos millones de hectáreas, caben todas las formas de gestión. Por eso es importante tener un plan estratégico de cuál es el objetivo de cada una de esas hectáreas. Claro, lo que no puede ser es que tengamos 56% del territorio español forestal y que haya Comunidades Autónomas que tengan menos del 10% de superficie con planes de ordenación. Ahí tenemos el primer problema: la falta de una planificación realista que se traduzca luego en inversión y en gestión efectiva sobre el territorio. 

P. ¿Está España adaptando sus políticas forestales a la nueva realidad climática o seguimos anclados en modelos del pasado? 

R. Va por barrios. Es decir, hay zonas en las que se han hecho trabajos muy serios. El papel lo aguanta todo. Si nos vamos al papel, el Plan Forestal Español 2022- 2032 incorpora ejes específicos de adaptación, de bioeconomía, de gobernanza y obliga a revisar los planes autonómicos cada diez años. Además, la Estrategia Nacional de Lucha contra Incendios pasa de la parte reactiva a una filosofía más de gestión integral del riesgo, más proactiva. Pero claro, el reto es la implementación de todos esos planes porque menos de la mitad de la superficie forestal arbolada dispone de un plan técnico de gestión vigente. Y mucho menos en inversión en tratamiento. Tener el plan tampoco implica que los tratamientos se lleven a cabo. Los tratamientos y la gestión preventivos siguen muy por debajo de la partida de extinción de incendios y, según Naciones Unidas, en un informe de 2022, y según la FAO, para que una política de prevención de incendios sea efectiva o una política forestal sea efectiva, se debería invertir el doble en gestión forestal de lo que se invierte en extinción. En ese caso, España debería estar invirtiendo, al menos, 1.000.000.000 de euros al año todos los años para tener una política forestal que permitiera esa adaptación a un ritmo aproximado de un 1% al año. Tardaríamos 100 años en gestionar todo el territorio. 

La gente cuando pone el dedo y no mira la luna, al final ponemos el foco en esta pequeña actuación en la que se han cortado 300 árboles, y eso genera que mucha gente, con toda la buena intención del mundo y con toda la sensibilidad ambiental desarrollada, ponga bloqueos a actuaciones que son imprescindibles. Entonces, la implementación de esos planes de adaptación es desigual entre Comunidades Autónomas y, en cierto modo, también persisten inercias de modelos productivistas que no deben de ser los únicos. Es decir, hay hectáreas que deben ser orientadas hacia una gestión cercana a la naturaleza; una gestión que simule o emule los procesos naturales. Se trata de encontrar el equilibrio entre la gente que apuesta por no tocar nada y la gente que apuesta por las cortas a hecho. Es decir, encontrar un punto de equilibrio entre la no gestión y la gestión que sobreexplota el territorio. Si conseguimos esto, tal vez llegaremos a un modelo del siglo XXI que, bajo mi punto de vista, tiene que poner el foco en tres cuestiones. La primera, el agua. Esa gestión adaptativa tiene que poner el foco en la gestión del agua, especialmente en la cuenca mediterránea.  

La segunda, y relacionada con la primera, que no se nos quemen los bosques. Es decir, que seamos nosotros los que ordenamos el territorio y que no sea el fuego el que, año tras año, gestione la superficie forestal en España. Porque no nos equivoquemos, en la actualidad, el mayor gestor del territorio forestal en España es el fuego. Y eso, como técnico forestal y como ciudadano, a mí personalmente me produce cierta tristeza y preocupación. 

P. ¿Es posible reforestar pensando en un clima más árido? ¿Con qué criterios se debería hacer? 

R. Una cosa que hemos aprendido de la gente que estudia el cambio climático y que nos llevan avisando décadas, es que esto no es una religión en la que tú puedas creer o no. El cambio climático es un hecho científico de origen antropogénico que se produce desde la revolución industrial hasta nuestros días y que además se explica muy fácilmente. En 1850 éramos 1.200.000.000 de habitantes en el planeta Tierra y vamos camino de los 9 mil millones. Esa tasa de crecimiento de una población, en ecología, requiere una cantidad de consumo de energía brutal. Esa energía la hemos puesto nosotros en juego, consumiendo combustibles pretéritos, combustibles de hace millones de años, y hemos puesto en circulación toda esa energía en el sistema. Eso se traduce en más temperatura, más energía disponible para las tormentas, más vapor de agua precipitable por el calor en la atmósfera, y eso genera lluvias más torrenciales y todo ese tipo de cuestiones. Si la gente no entiende eso, tenemos un problema. 

El negacionismo del cambio climático cada vez más se asemeja a la estupidez humana en su máxima potencia. Y además es peligrosa para la supervivencia desde el punto vista de nuestra especie. Sí es posible y es necesario reforestar con criterios de adaptación al clima futuro.  

Cuando se produce un incendio, la única buena noticia de ese incendio forestal desde el punto de vista social es que lo que salga después de ese fuego va a estar adaptado a las nuevas condiciones. Porque es lo que está pasando. Somos reactivos y de hecho la Ley de Montes se incumple sistemáticamente desde el punto de vista de la restauración de incendios. Es obligatorio restaurar los terrenos incendiados por la Ley de Montes y se incumple de forma sistemática. Se tiene que hacer una selección de especies adecuadas a las nuevas condiciones. La gente que estudia el cambio climático nos dice cuáles van a ser esas condiciones. Tienen que ser genotipos resistentes a la sequía, se tiene que diversificar especies, se tiene que diversificar estructuras, se tiene que priorizar zonas con mayor potencial de supervivencia, se tiene que hacer generación de microcuencas, se tiene que hacer mulching… La caja de herramientas forestal es gigantesca. Esa reforestación se debe planificar a largo plazo y basándose en esos escenarios de cambio climático regionalizados.  

Y luego, además, existe la posibilidad de combinar especies rebrotadoras con raíces profundas, con raíces superficiales… Se pueden utilizar esas técnicas que comentaba Water Harvesting, como incrementar el tema del agua para aumentar la infiltración. Evidentemente, la propuesta debería empezar con pocas plantas; no hacer una única actuación después del incendio, sino llevar a cabo un monitoreo durante los siguientes cinco años del incendio, con un monitoreo adaptativo para ver si las plantas están resistiendo, si se han muerto, e ir ajustando esas técnicas de repoblación.  

Lo que tampoco puede ser es que, si se ha incendiado un lugar como la Sierra de la Culebra, vaya todo el mundo a repoblar. Entiendo esa iniciativa ciudadana y la respeto y la admiro. Las dos cosas. Pero la ciudadanía tiene que entender que entrar en terreno quemado muchas veces es un error, porque lo que están haciendo es plantar árboles que se van a morir o que no se van a gestionar, con lo cual hay que conseguir esos derechos de gestión sobre ese 56% del territorio y declarar nuestros bosques una infraestructura de seguridad nacional. Nos va el agua, nos va el suelo, nos va el paisaje y con él, el turismo. Nos van un montón de recursos estratégicos y territoriales en ello, y no se puede dejar eso en manos de un voluntariado bienintencionado, pero sin demasiada formación en muchos casos. Primero hay que ver cómo evoluciona el incendio, si regenera, no regenera. Cómo regenerar donde no haya regeneración y haya unas condiciones selvícolas adecuadas. Ahí se puede actuar y ayudar a la naturaleza. Pero si tú entras como un elefante en una cacharrería después de un incendio, puedes provocar más mal que bien en esa regeneración natural. Los americanos llaman a eso hacer lo correcto de forma equivocada. La sociedad tiene que exigir esos proyectos de restauración, y esos proyectos de restauración tienen que estar dirigidos por profesionales que tengan esa capacidad de pensar en ese clima más árido y llevar a cabo una reforestación con criterios de adaptación al clima futuro, no al clima que había, sino al clima que habrá. 

P. ¿Qué mensaje te gustaría trasladar a la ciudadanía en relación con el papel de los bosques frente a la emergencia climática? 

R. Primero tenemos que contestar a la pregunta de si queremos invertir en verde, es decir, en gestión forestal, agroforestal, o gastar en negro. Es importantísimo que contestemos esa pregunta. A partir de ahí, tenemos que entender que los bosques son nuestros aliados fundamentales frente a la emergencia climática, en tanto en cuanto regulan el ciclo del agua, almacenan carbono, son los nidos de la biodiversidad que nos queda, mitigan los efectos extremos del clima… Por explicarlo de una manera sencilla: son el aire acondicionado natural de la naturaleza y son el depósito de carbono que necesitamos para recuperar el clima. Y esos bosques deben de ser, por una parte, barrera frente a inundaciones, y para que sean efectivos ante las inundaciones, deben tener también una gestión forestal que prevenga incendios, porque si se nos quema esa barrera frente a inundaciones, también desaparece. Su conservación es una responsabilidad pública y, de hecho, se debería plantear la posibilidad de empezar a devolver a manos públicas, con un compromiso de inversión, hectáreas que están abandonadas o, al menos, si se quieren dejar en manos de propietarios privados, favorecer la reagrupación parcelaria que haga viable la gestión. Porque la gente se equivoca, la gente se le olvida que la sostenibilidad tiene una pata social fundamental. No se puede hacer política contra la gente del territorio. Tiene una pata ambiental, con lo cual a la gente del territorio no se le puede olvidar que lo que opinan desde las ciudades también es importante y que lo de que “se ha hecho toda la vida así” es un argumento muy débil porque la humanidad vive una situación inédita. Nunca antes habíamos sido tanta gente sobre la faz de la Tierra y esta situación es absolutamente inédita y lo tenemos que tener en cuenta. Su conservación debe ser una responsabilidad compartida. No se pueden hacer políticas forestales a tiempos de legislatura porque, al fin y al cabo, los tiempos forestales son a largo plazo. Necesitamos una política forestal de largo plazo que tenga en cuenta todo lo que hemos comentado durante esta entrevista.  

Luego hay que tener en cuenta el uso responsable del agua, la prevención de incendios y el consumo de productos forestales. Es decir, yo estoy hablando con usted sobre una mesa de madera y se tiene que entender que cortar un árbol no es un delito, es una necesidad, porque la madera es un recurso renovable, como lo son los hongos, como lo son las resinas. Por lo tanto, el 56% de nuestro país tiene unos recursos que no estamos aprovechando y al final acaban siendo pasto de las llamas. Cada decisión que tomamos tiene unas u otras consecuencias. Es imprescindible entender que necesitamos políticas forestales inteligentes. Necesitamos políticas de restauración de las zonas quemadas y volver a poner en valor nuestros recursos forestales, porque si no todo aquello que no gestionamos nosotros, corremos el riesgo de que lo acabe gestionando el fuego. 

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