Irimia Cañedo

Técnico superior en gestión forestal y del medio natural

Existen muchísimas maneras de catalogar a los árboles. En función de en qué área te muevas, podemos encontrarnos con un gran número de denominaciones que engloban a individuos concretos o a masas arbóreas.  

Si hablamos, por ejemplo, de una plantación de una sola especie forestal (también denominado monocultivo), existe una categoría para determinados ejemplares, como son los “árboles lobo”; árboles que destacan sobre el resto de la plantación por poseer mayor vigor, mayor edad o unas mejores características en cuanto a la calidad de su madera. Si nos vamos a términos de la arboricultura, tenemos los denominados “árboles veteranos”, que son aquellos que destacan por cumplir una serie de características biológicas o culturales de interés y que además las presentan en una etapa muy avanzada de su desarrollo, superando el rango medio de edad de esa especie. 

Ahora bien, hay una forma de catalogar a los árboles que personalmente me parece preciosa, y que la envuelve en un aura de misticismo y seducción; son los denominados “árboles singulares”. 

Los árboles singulares son aquellos que poseen unas características tan particulares y extraordinarias que los hacen portadores de un gran valor cultural, científico, religioso y paisajístico o histórico. Además, estos árboles poseen unas singularidades tales que influyeron enormemente en la zona donde se sitúan y que ahora son objeto de protección y de conservación. Pueden ser protagonistas de la mitología de un lugar concreto, pudieron ser testigos de acontecimientos históricos de gran relevancia, pueden poseer una singularidad en su desarrollo que los hace destacar por encima de los demás; en definitiva, son árboles cuyas rarezas se ensalzan, se ponen en valor y además se protegen bajo un marco jurídico, que en concreto en Galicia se ampara por el Real Decreto 67/2007 del 22 de marzo, que intenta preservarlos y protegerlos, tanto si están en terreno comunitario como en terreno particular, aportando todas las herramientas y ayuda necesaria para protegerlos. 

Además de esta protección, en Galicia existe el denominado “Catálogo de árbores senlleiras”, que recoge los criterios necesarios para denominar a un árbol como singular y añadirlo a este catálogo, como por ejemplo criterios situacionales (si pertenecen a un sitio muy característico o están en un lugar muy inusual), criterios culturales, estéticos, antropológicos, ecológicos, etc. Este catálogo alberga 173 ejemplares a día de hoy y se puede encontrar en la página oficial de la Xunta de Galicia, Consellería de Medio Ambiente e Ordenación do Territorio (CMAOT). 

Algunos de mis ejemplos favoritos son “O Piñeiro Insigne do Castelo de Santa Cruz”, en Oleiros, Coruña, un pino (Pinus radiata) de entre 100 y 200 años, con un perímetro de copa de 23,3 metros y una altura de 26,6 m; es un ejemplar que impone cuando lo ves. Otro árbol impresionante es el “Castiñeiro de Pumbariños”, en Manzaneda, Ourense. Es un Castaño (Castanea sativa) que vive en el soto de castaños que hay en Pumbariños, cuyas características son tan especiales que ya no solo este ejemplar es catalogado como singular, sino que el soto entero es catalogado así. En un árbol de 16 metros de alto y 20 de diámetro que cuenta, según registros oficiales, con más de 5 siglos de antigüedad, un verdadero regalo poder admirarlo.  

Otro árbol singular es la famosísima “Figueirnha da casa de Rosalía”, en Padrón, Coruña. Una higuera (Ficus carica) de gran valor cultural e histórico, ya que según leyendas populares fue la propia Rosalía de Castro la que la plantó, y aunque no hay registros oficiales de tal hecho, la creencia popular se instauró tan fuerte que hoy día es un símbolo emblemático de la zona.  

Estos son algunos de los muchísimos ejemplos que hay en Galicia de árboles singulares, particularmente, me parece una manera mágica y especial de valorizarlos, de darles la importancia que tienen en muchísimos aspectos de nuestra cultura e historia, acercándonos de otra forma al interés por la naturaleza y el entorno que nos rodea. Es una experiencia inolvidable el buscar alguno de estos ejemplares y deleitarse con la magia de su existencia, además, fomenta el aprecio por la singularidad, que creo que es algo imprescindible hoy en día y que peligrosamente se está dejando de lado. 

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