Pau Grifoll

Arborista y CEO de Pauchamama.arb

Qué grande es el poderío de estar con una motosierra a 20m de altura en un árbol, y cuanto miedo da estar a 20m de altura en un árbol y con una motosierra. La primera frase es lo que se ve des de fuera y lo que nos da la adrenalina, es verdad. La segunda es lo que sentimos muchas veces y no decimos, tan real como la anterior. No lo decimos porque este es un oficio de hombres, de valientes, de gente dura, pero en realidad es un oficio de sensiblones, la mayoría somos hombres, aún no hemos logrado integrar a la mujer, eso es cierto y una pena al mismo tiempo. Pero a mi entender, para trabajar mínimamente bien debes tener una mínima sensibilidad para poder ejercer este oficio de buenas maneras, con una mirada al árbol de comprensión y amor, y de querer dejar un patrimonio arbóreo de calidad, altruistamente, para una generación que no llegarás a ver.

Este es un oficio solitario y a la vez de comunidad, y es que, nunca vas a trabajar solo, vas a hacer grandes amigos y vas a dejar tu vida en sus manos, preparados para todo lo que necesites, incluso la peor situación de rescate. Pero arriba estas solo, gestionando la seguridad de tus anclajes, los reenvíos para llegar a las puntas de las ramas, saltando como un chimpancé o desplazándote como un koala, y hay muchos días al año que estás arriba del árbol y te preguntas “¿Qué coño hago aquí arriba? ¿Quién me mandaba a mí a trabajar en esto?” Y te llevas estas dudas, este miedo y este cansancio a casa. Y quizás al día siguiente disfrutarás como un niño pequeño. Pero en aquel momento, has sentido una gran solitud. Y con ella terminaras el trabajo, recogerás las herramientas, te irás a hacer presupuestos o más tareas para la difícil vida de autónomo, solo, volverás a casa, limpiaras las herramientas, y hasta el día siguiente donde antes de subir miraras al árbol dos veces. Y ya quizás, disfrutarás como un niño pequeño, pero aquel momento, no te lo quita nadie, y tal vez ni tú te lo quitarás en unos días. Y es que la opción de parar no es posible. Porque no sabes cuando vas a volver a trabajar, y las facturas, y la vida se tiene que pagar. Incluso a costa de tu salud física, emocional y mental. En este oficio no jugamos a una carta, jugamos las tres.

La sensación de abandono es constante. Por parte del estado, por las dificultades que nos dan al ser autónomos. Donde no podemos deducirnos ni la mitad de los costes de la empresa, y luego, nos piden pagar más y más. En un país donde nuestro trabajo, que no olvidemos que es de riesgo, no está valorado ni técnicamente, donde no tenemos ni un epígrafe como empresas, ni económicamente, donde se tiene que ir con cuidado con los presupuestos para que puedan ser aceptados.

Luego hay otro abandono, y este nos pertenece directamente a nosotros. La sensación de soledad por la incapacidad de saber comunicarnos desde las emociones. En lo que comenté al principio, todo aquello que nos sucede alrededor de los árboles, tanto arriba como abajo. Inseguridad sobre aquello que creo que es lo correcto, miedo a equivocarme, miedo a hacerme daño, miedo a no llegar a fin de mes.

Este último abandono es largo. Y es que el crecer en este sector es un proceso lento. El conocimiento es extenso, la confianza con los compañeros del sector es de cocción lenta, el proceso personal es variable, la estabilidad es insostenible. Y la sensación de soledad es erradicable.

Yo no tengo las respuestas, yo no sé quién debería hacerlo. Yo pienso que hay posibilidades para que nos cuidemos entre todos y todas, y haya una red para revalorizarnos como sector, y darnos apoyo como oficio.

Somos un oficio relativamente nuevo. Un oficio que sale de la centralización de la población a las ciudades, la modernización de la sociedad, y en consecuencia de la desconexión con la naturaleza y sus cuidados. Nosotros salimos de la necesidad de mantener un patrimonio arbóreo amplio que nos aporte beneficios al día del mañana, pero también de la necesidad de la difusión de la importancia y los conocimientos de los árboles, algo que antes no era un caso extraordinario, era el día a día. Para calentar la casa, para comer, para construir, para echar la siesta, para comprometerse o para comer en las noches de verano. Como todos los oficios nos encontramos solos delante de la dictadura del mercado y el producto. Donde la peligrosidad y la inestabilidad de nuestro oficio, como muchos autónomos, nos hace vivir entre las cuerdas de escalada y la soga de colgar. Un estado desorientado, que en nada nos apoya ni acompaña, ciego sin ver la necesidad del pueblo, el pueblo de todos, no el de las grandes empresas, el real, el humano y el natural.

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