Enrique Conde

CEO en Certhia Arboricultura

Habitantes discretas pero esenciales, las lombrices viven en todos los horizontes del suelo y participan activamente en la formación del complejo arcillo-húmico, ese vínculo entre el mundo mineral, fruto de la alteración de la roca madre, y el mundo orgánico de la superficie. 
 
En otoño, los hongos inician la descomposición de lignina y otros compuestos vegetales presentes en el mantillo. Cada grupo de fauna epígea transforma estos restos en excrementos, que luego son procesados por microbios hasta formar humus. Con la llegada de la primavera, las bacterias mineralizan ese humus, liberando nutrientes como nitratos o fosfatos que alimentan a las plantas. En este ciclo continuo, las lombrices actúan como catalizadoras de vida. 
 
Existen tres grandes grupos de lombrices: epígeas, endógeas y anécicas.  
Las epígeas viven en superficie, bajo la capa de hojas, donde excavan galerías que aumentan la porosidad y permeabilidad del suelo. Sin embargo, prácticas habituales como retirar la hojarasca o dejar desnudos los alcorques interrumpen su función natural. Recuperar los restos de poda para emplearlos como acolchado o madera rameal fragmentada recrea las condiciones que estas especies necesitan para actuar. 
 
Las endógeas habitan a partir de los diez centímetros de profundidad. Poco móviles y sin contacto con la superficie, se alimentan de raíces muertas, generando espacios que luego ocupan el aire, el agua o nuevas raíces. Su actividad puede aportar hasta un 60 % de porosidad al suelo. 
 
Las anécicas, de hábitos nocturnos, cavan galerías verticales que comunican la superficie con las profundidades. Cada noche suben a alimentarse, dejan sus excrementos en la entrada y regresan al interior. Mezclan así arcillas, materia orgánica y bacterias activas, creando la estructura estable del complejo arcillo-húmico. Se calcula que en una hectárea puede haber de una a cuatro toneladas de lombrices, capaces de transformar entre tres y diez centímetros de tierra al año. Con el paso del tiempo, son ellas las que entierran los restos arqueológicos. 
 
Su actividad mejora la aireación y la infiltración, reduce la escorrentía y la erosión, y favorece el enraizamiento profundo. Las galerías, recubiertas de moco, pueden superar los dos metros de profundidad, permitiendo que el agua penetre con rapidez y las raíces exploren estratos más frescos. Los suelos con abundantes lombrices pueden absorber el agua hasta seis veces más rápido que los compactados. Además, sus excrementos —los turrículos— son ricos en nitrógeno, fósforo y potasio, y aumentan la disponibilidad de nutrientes para las plantas.   
 

 
Las lombrices también equilibran el ecosistema edáfico. Favorecen la flora microbiana, acercan bacterias fijadoras de nitrógeno a las raíces y parecen reducir el ataque de nematodos parásitos. Gracias a ellas, el suelo funciona como un sistema cerrado y equilibrado que devuelve al subsuelo un excedente de agua limpia. 
 
Cuando este equilibrio se rompe, el suelo comienza a morir. Se habla de tres muertes sucesivas: biológica, química y física. La muerte biológica ocurre cuando falta materia orgánica en superficie, base alimenticia de la fauna edáfica. Sin lombrices que mezclen minerales y humus, los nutrientes se pierden por lixiviación, contaminando acuíferos. Llega después la muerte química, por agotamiento de los iones esenciales, y finalmente la muerte física, cuando la arcilla se separa del humus y el suelo se disgrega. 
 
El suelo es un bien vivo, frágil y escaso, especialmente en medio urbano. Ignorar sus procesos naturales significa perderlo. No se cultiva la planta: se cultiva la tierra. La salud de los árboles refleja la calidad del suelo desde el punto de vista físico, químico y biológico.   
 
Prácticas como el uso intensivo de maquinaria o la retirada sistemática de materia orgánica destruyen este equilibrio. En cambio, mantener coberturas vegetales, aportar materia orgánica y minimizar la perturbación son claves para su regeneración.   
 
Respetar las leyes que rigen la creación del suelo es la única vía para conservarlo. La naturaleza es compleja, y simplificar sus procesos, ya se ha demostrado, no funciona.

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