Mar Penela

Directora y Coordinadora de TREES_Ecosistemas

Somos seres interdependientes y ecodependientes: nuestro bienestar, nuestra salud física y emocional está directamente ligada al equilibrio de los ecosistemas a los que pertenecemos. A pesar de ello, vivimos inmersos en un sistema que ha normalizado la desconexión con la naturaleza, entendiéndola como algo ajeno a nosotros. 

Esta disociación es el resultado de un modelo social, educativo y urbano que ha ido dificultado este vínculo a lo largo de nuestras vidas. Cuando lo cierto es que nacemos con una capacidad innata para conectarnos profundamente con la naturaleza. El apego a los seres vivos (biofilia) y a los lugares que habitamos (topofilia) forma parte de nuestra esencia como especie. 

Por todo esto, es clave cuidar este vínculo desde la infancia y, como sociedad, asumir la responsabilidad de proteger y cultivar su conexión. De esta manera, estaremos logrando un enorme impacto positivo no sólo en la calidad de vida de la infancia sino también, en el equilibrio presente y futuro de nuestros ecosistemas. 

¿Como podemos cultivar el vínculo? 

Durante mucho tiempo, la naturaleza ha sido considerada como una asignatura o una actividad complementaria. Nos acercamos a ella a través de libros, imágenes o vídeos, se hacen excursiones, se realizan actividades en huertos escolares los viernes por la tarde… Planteándolo así, la naturaleza sigue siendo algo ajeno que se estudia, se visita o se “cuida” pero no el lugar al que pertenecemos. 

Por otro lado, si el acercamiento a la naturaleza es a través de hablar a los niños del deterioro de nuestros ecosistemas, de la extinción de especies o del colapso ambiental desde una narrativa alarmista podría ser contraproducente. Este enfoque, en muchos casos, genera ecoansiedad o eco-fobia: una sensación de impotencia y desconexión frente a la naturaleza debida a que nos disociamos para aislarnos del dolor. 

Regenerar esta relación implica cambiar de perspectiva: dejar de pensar la naturaleza como un objeto externo y empezar a vivirla, a sentirla, a experimentarla como parte de nosotros. Significa permitir que la infancia juegue, se ensucie, explore, toque, huela, cuide y ame la naturaleza. Que tenga tiempo y espacio para estar y jugar sin instrucciones entre piedras, tierra y árboles para permitirles conectar y sentirse parte. 

En ese contacto libre y cotidiano, el vínculo se vuelve orgánico. La conciencia ecológica no se “enseña”, se siente. 

Uno de los espacios más significativos para este colectivo son los parques infantiles. El modelo que se ha extendido en pueblos y ciudades se basa en: suelos de caucho, estructuras prefabricadas, zonas cerradas sin sombra, sin tierra, sin agua, sin vegetación. 

Incluso dentro de entornos naturales privilegiados, se instalan estos espacios artificiales como “la receta” del juego seguro. Pero ¿realmente lo son? 

Estos espacios son pobres en estímulos, repetitivos y, a menudo, diseñados casi exclusivamente para la motricidad. No hay materiales sueltos, hay escasa posibilidad de inventar y relacionarse con lo vivo. Frente a eso, un bosque es un lugar en constante cambio en el que el juego nunca se agota: ofrece sombra, calma, movimiento, diversidad, misterio… 

La pregunta entonces sería ¿Podemos reformular los modelos de espacios para la infancia? 

Numerosos estudios confirman que el contacto habitual con la naturaleza mejora la salud física y mental: promueve la autorregulación emocional, reduce el estrés y refuerza el sistema inmunológico. En un mundo saturado de estímulos artificiales, las experiencias en la naturaleza devuelven al cuerpo y a la mente su equilibrio. 

Se ha demostrado que el juego libre en espacios naturales estimula la creatividad, la motricidad y el pensamiento crítico. Además, genera un sentido de pertenencia que es clave para el desarrollo de la identidad. Este sentimiento es la base para una ciudadanía ecológicamente consciente y comprometida. 

Proteger el vínculo de la infancia con la naturaleza es vital para nuestro presente y futuro. La semilla más valiosa que podemos sembrar para la regeneración ecológica no está sólo en los acuerdos internacionales, sino también y sobre todo, en las vivencias que las niñas y niños tienen hoy. 

“Si queremos que los niños florezcan y estén verdaderamente capacitados, permitámosles amar la tierra antes de pedirles que la salven.” David Sobel. 

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