Eduardo Barba

Técnico en Jardinería, paisajista e investigador botánico

Una técnica que hemos aprendido, gracias a los científicos y arboricultores que se encargan de transmitirlo, es a leer el significado de los colores otoñales de los árboles caducos. La persona experimentada en este tipo de lectura se convierte en una suerte de intérprete de esas diferentes tonalidades, y puede así deducir el estado energético de un árbol concreto. De esta forma, ante una mirada atenta, el propio ejemplar habla de cuáles son sus ramas más fuertes, cuáles están más débiles o por dónde crecerá con mayor ímpetu a partir de la siguiente primavera.  

Como aprendí hace muchos años del biólogo Gerard Passola, en la otoñada de un árbol caduco entran en conjunción tres factores principales que desencadenan su coloración: la eficiencia fotosintética, el estrés ambiental y el control hormonal. Cuando alguna de estas tres patas se desestabiliza, el árbol lo refleja en su copa con los colores amarillos, anaranjados o rojizos de sus hojas otoñales.  

En lo que respecta al primer parámetro de la eficiencia fotosintética, y como bien es sabido, las plantas sienten el descenso en las horas de luz de cada día. En estas semanas, tanto la cantidad como la intensidad de ese tiempo de luz ha decrecido a unos niveles tan bajos que, para muchas plantas, es una señal inequívoca de recoger los bártulos, de cesar en su crecimiento e irse a acostar paulatinamente. 

El segundo parámetro, el estrés, puede deberse a varias causas, como el que produce el clima, la cantidad variable de agua o un suelo encharcado, por poner algunos casos. Estos días, el estrés más evidente para los árboles tiene que ver con la bajada de temperatura, con la que diferentes especies se animan a irse a la cama antes de que lleguen los fríos intensos: cuando llegan esas cifras nocturnas que descienden de los 10 °C, es hora de replegar velas, sin prisa pero sin pausa. Por lo tanto, vemos que los dos parámetros —la bajada de las horas de luz y el descenso de la temperatura— están íntimamente enlazados. 

Por último, con el control hormonal surge la maravillosa comunicación entre la parte aérea —las ramas y hojas— y la parte subterránea —las raíces. Como si de una carretera de doble sentido se tratara, las hormonas se transportan entre un lado y otro, con tres protagonistas: auxinas, citoquininas y ácido abscísico. Cuando la planta reduce su capacidad fotosintética —como se ha visto, debido tanto a la menor intensidad lumínica como al frío—, se detiene la producción de auxinas y de citoquininas, que son dos hormonas que marcan el crecimiento de la planta.

  

Es entonces cuando el ácido abscísico se acumula primero en los tejidos menos eficientes, en aquellos que menos energía aportan a la planta: “si no trabajas, te despediré antes que a las otras hojas”, parece decirles el árbol. Y esa hormona que es el ácido abscísico, al almacenarse en las células, produce la abscisión, la caída de las hojas. 

Por ejemplo, si se ve una rama que ha tirado todas sus hojas, menos las de la punta, esto significará que sus tejidos están más fuertes y obtienen más energía que los de las hojas inferiores, y por lo tanto esa rama crecerá en longitud el año siguiente, gracias a unas yemas más poderosas.  

Por el contrario, si la punta de una rama ya no luce ninguna hoja, pero en cambio mantiene las últimas hojas en la base de la misma, es una señal para saber que esa rama no está tan fuerte como para aumentar en longitud, y el año que viene mantendrá la energía más cerca del tronco, sin producir grandes crecidas.  

Otro caso se puede contemplar en una alineación arbolada de una misma especie en una calle: cuando solo unos ejemplares han amarilleado la hoja y la han tirado mucho antes que el resto de los árboles a su alrededor. Esto puede deberse a una debilidad asociada a algún tipo de estrés ambiental que solo la sufren esos pocos árboles, como es una menor cantidad de agua o algún otro problema en la tierra donde se asientan sus raíces. 

Estos serían solo pequeños ejemplos, e incompletos, de cómo funciona esta abscisión otoñal, pero que sirven para apreciar tanto la utilidad como la belleza de la diagnosis del arbolado a través de los colores del otoño. Todavía es necesario divulgar este tipo de análisis a muchas más personas, sobre todo a las responsables del cuidado de los árboles que no lo conozcan, para que las actuaciones que se realicen con ellos —especialmente las relacionadas con la poda— sean a favor de la planta. Asimismo, sería un saber precioso para transmitir en las escuelas. 

Tenemos la suerte de que estos árboles caducos nos hablan de su propia salud en un lenguaje de colores, así que este mismo otoño es un buen momento para aprender a escucharlos, de la mano de alguno de los muchos expertos amantes de los árboles. 

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