Enrique Conde

CEO en Certhia Arboricultura

En el ámbito profesional, especialmente en disciplinas técnicas y científicas como la arboricultura, la comunicación de conocimientos debe sustentarse en el rigor y la actualización constante. Sin embargo, en los últimos años, las redes sociales —plataformas como LinkedIn, Facebook, Instagram o X (antes Twitter)— se han convertido en un escenario donde no siempre prima el debate constructivo, sino la crítica superficial y la búsqueda de notoriedad a costa del trabajo ajeno. 

Cada vez es más habitual encontrar perfiles que, con conocimientos limitados —y en ocasiones obsoletos—, se erigen como detractores sistemáticos de contenidos técnicos bien fundamentados. Su estrategia no es aportar valor, sino generar polémica para captar atención. 

Lo más llamativo es su resistencia al progreso: defienden ideas ancladas en el pasado simplemente porque «así se hacía antes», o porque lo que ellos aprendieron es la verdad, ignorando que disciplinas como la arboricultura —al igual que la medicina o la ingeniería— evolucionan gracias a la investigación y la mejora continua. 

¿Acaso alguien preferiría que le extrajeran una muela con técnicas de los años 80? ¿Confiaría en un cirujano desactualizado para cualquier tipo de operación? ¿Llevaría a su mascota a un veterinario de este perfil? Probablemente no. 

Trabajar con árboles —seres vivos complejos— exige aplicar los métodos más actualizados para minimizar errores. Quienes se aferran a dogmas anticuados no solo demuestran una falta de formación, sino también una arrogancia peligrosa: creen poseer la verdad absoluta y desprecian el avance científico. 

Detrás de muchos comentarios destructivos en redes sociales subyace una realidad incómoda: la incapacidad de ciertos perfiles para generar contenido relevante por sí mismos. Al no poder construir un discurso propio, optan por parasitar el de otros, usando la crítica fácil como herramienta de autoafirmación. 

Frente a esto, la respuesta más efectiva es ignorarlos. Darles atención solo refuerza su comportamiento. Como profesionales, nuestro deber es seguir compartiendo conocimiento con exigencia, contrastando fuentes y promoviendo un diálogo basado en evidencias. 

En un mundo hiperconectado, donde la desinformación campa a sus anchas, los profesionales apasionados por compartir conocimiento tenemos la responsabilidad de filtrar el ruido y priorizar el rigor. La arboricultura, como otras ciencias aplicadas, no puede permitirse estancarse en debates estériles. 

Ante la crítica vacía, la indiferencia es un escudo; ante el conocimiento, la humildad y la actualización son armas. En este contexto, comunicar con rigor no es solo un deber profesional: es una forma de resistencia ética ante la banalización del conocimiento. Sigamos comunicando, pero siempre con bases sólidas: los árboles —y nuestra profesión— lo merecen. 

A modo de referencia alineada con los principios defendidos en este artículo —formación sólida, evidencia científica y práctica responsable—, sugerimos al lector la siguiente publicación: La poda de árboles ornamentales (2.ª ed.), de Christophe Drénou. Ediciones Mundi-Prensa. 

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