Irimia Cañedo

Técnico superior en gestión forestal y del medio natural

En las grandes ciudades, la sobreestimulación y sobrecarga que manejamos en nuestra vida cotidiana nos lleva a situaciones de colapso, de querer huir de lo asfixiante que puede llegar a ser nuestro día a día. Y cuando eso sucede, suele llegar a nuestra mente una opción: volver a la aldea. A ese recuerdo de la infancia en el que la quietud y la calma que te aportaba un entorno natural eran más que suficientes para ser felices y sentirse plenos. Y allá que vamos, con una idea muy concreta de cómo queremos disfrutar de un fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, para “oxigenarnos” y recargar fuerzas para afrontar de nuevo la rutina. 

Pero es aquí donde yo me pregunto, ¿nos paramos a observar cómo está aquello que atesoramos como recuerdo de una infancia feliz? ¿Sabríamos identificar el grado de deterioro del entorno forestal? 

Lo primero que nos viene a la mente cuando nos formulamos esa pregunta es mirar al suelo y pensar: “Bueno, si voy paseando por el monte y veo algún residuo tirado por ahí, lo cojo y lo tiro a su contenedor correspondiente”. Pero lo que poca gente hace es mirar hacia arriba, hacia los árboles que nos rodean, a los alrededores, al conjunto de diversidad que forma el bosque, y ahí está el gran problema. 

El bosque es un complejo entramado de relaciones intra e interespecíficas que conforman lo que observamos a simple vista, y que dependen fuertemente unas de las otras, por lo que, si hay alguna alteración en algún nivel del ecosistema producto de la entrada de un agente externo o patógeno, el desequilibrio que esto genera puede influir en la salud general del bosque. Y aquí llega un concepto que es para mí el gran olvidado: la patología forestal (ciencia que estudia las enfermedades de los árboles). 

Si pensamos en el bosque como un gigantesco ser humano, nos sería fácil entender que hay múltiples factores que hacen que el bosque enferme, y que, de no tratarlas, esto puede conducir no solo a la llegada de más enfermedades, sino que, en muchísimos casos, a la “muerte” o destrucción total del ecosistema.  

Sin olvidarte de este símil, ahora vuelve a tu lugar de descanso, ese al que recurres cuando te sientes asfixiado; echa la vista arriba y observa el bosque que te rodea. 

Lo primero que debemos hacer es observar si las especies de árboles que nos son conocidas presentan una serie de síntomas extraños. Los síntomas son manifestaciones visibles de una enfermedad. Éstos se pueden clasificar en dos grandes grupos: los que derivan en necrosis, como por ejemplo manchas foliares, tizón (seca repentina de hojas), chancros (heridas en la corteza) o pudriciones, y los que no, como la hiperplasia (multiplicación celular incontrolada) o la hipertrofia (aumento del tamaño celular). 

Una vez detectados los síntomas, tenemos que buscar los signos asociados a los mismos. Un signo es el patógeno o parte de él, como, por ejemplo: las esporas de los hongos, huevos de nemátodos, bandas rojas en acículas de pinos, entre otros. 

Cuando recopilemos toda esta información e identifiquemos al patógeno, podremos saber qué enfermedad tiene el árbol. La realidad es que este proceso es mucho más sencillo de lo que puede sonar:  

Estamos observando un pino, en concreto un Pinus pinaster, y vemos una seta marrón muy robusta en su tronco, no cerca de la raíz, sino por el medio del mismo. La seta es el signo (denominado Phellinus pini); si quitamos un poco de corteza, veremos que está como fibrosa, blanda y se desgrana fácilmente; este sería el síntoma. Teniendo esta información con una breve búsqueda por una página especializada en patología forestal, como por ejemplo la Guía de Gestión Integrada de Plagas del Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación (MAPA), podemos ver que la enfermedad asociada es la podredumbre blanca del pino, y que cuando la enfermedad está en un estado muy avanzado es precisamente cuando se ve su signo, en este caso, la seta que vimos en el tronco. En este estado, la seta ya colonizó por completo el ejemplar y no habría tratamiento, presentando pudrición a lo largo de todo el tronco.  

La toma de acciones debe basarse en el conocimiento. Practicando una observación consciente del entorno junto con el uso de herramientas accesibles, podremos conocer el bosque de otra manera, involucrarnos de manera activa y, por tanto, generar la inquietud necesaria para accionar un cambio a pro de la conservación de los bosques. 

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